Confessions on a spank floor VII

Tener la mente relajada y tiempo más o menos suficiente para pensar y documentarme, hacen que a veces, sin buscarlo, vaya construyendo algunas fantasías que pueden ajustarse bastante a una situación real. Los relatos de otras personas, reales y fantásticos, también contribuyen a esa escenografía, realmente poco compleja, en la que voy enmarcando las mías propias.
Tal vez porque no suelo plantearme las cosas realmente hasta que las veo muy cercanas, no les doy demasiada importancia. Hay momentos en los que parece que la posibilidad de que todo esto sea real se va acercando cada vez más. Es el problema de ser escéptica ante casi todo… En esos momentos, una sensación que no se identificar aún me recorre por completo. Se parece a aquello que dicen en algunos sitios de las mariposas... quizás un tipo de nerviosismo o un poco de miedo a lo desconocido.
Porque debo que admitirlo, tengo ese miedo a lo desconocido. Más miedo por mi misma que por cualquier otra cosa. Soy consciente de que no soy una spankee como las demás… realmente, creo que nunca he sido en nada como las demás… así que quizás es normal que tampoco en esto lo sea.
No tengo complicadísimas fantasías ni imagino interminables castigos donde soy sometida a todo tipo de azotes. Tampoco deseo complejas construcciones escénicas donde adoptar un determinado rol más o menos rígido. Más bien, me gustaría ser sorprendida de alguna forma, verme dentro de un juego sin saber previamente lo que iba a suceder.
También es cierto, que últimamente, me veo a mí misma como una “Carmen la cigarrera”, vestida muy andaluza. El largo vestido de faralaes, las flores en el pelo, el mantón dejando un hombro descubierto, saliendo de la fábrica con las manos en las caderas, altiva y retadora… sabiéndose deseada, en el momento de ser detenida por don José, el sargento de regimiento de Dragones de Alcalá.
Él la lleva presa y una vez a solas con ella… la historia deja de ser la Carmen tradicional: él sabe que es una mujer peligrosa… una mujer capaz de instigar a la rebelión, capaz de hacer con los hombres lo que quiere, él mismo está a punto de ser seducido por ella.
Sin embargo, en un alarde de valor, dejando a un lado sus más profundos deseos, se dirige hacia Carmen mientras la sujeta con firmeza colocándola sobre sus piernas. Ella intenta deshacerse de los brazos que la aferran mientras el sargento le explica que lo que ella necesita es un poco de disciplina, para no ir buscándoles la ruina a los hombres de esa manera.
Decidido a corregirla, la coloca sobre sus rodillas comenzando a azotar sus nalgas sobre la falda mientras ella se remueve cada vez con menos resistencia. En ese momento, levanta su vestido y sigue azotándola sistemáticamente, sin más pasión en el hecho que la que le inspira tan brava mujer. De vez en cuando le dice que eso es lo que ella necesita, que tendría que haberlo hecho hace mucho tiempo y le habría ahorrado más de un disgusto.
Carmen termina por aceptar el castigo con bastante dignidad y él baja la última prenda que cubre sus nalgas, ya enrojecidas. Unas bragas blancas de encaje. Una vez retiradas, el castigo prosigue, con el leve movimiento de Carmen sobre sus piernas, quejándose de vez en cuando pero permanece quieta.
Cuando sus nalgas están realmente rojas y ella parece vencida, él decide que debe darle un descanso. Pero es solo un descanso. La ayuda a incorporarse y al verse de nuevo erguida frente a él, Carmen recupera su arrojo y le mira a los ojos retándole nuevamente. Gitana morena, turbadora… se mezclan el deseo y la determinación de corregir de una vez su comportamiento. Los oscuros ojos de Carmen siguen clavados en él mientras se acaricia las nalgas, pero él sabe que si la deja ir así, ella volverá a las andadas.
Don José se dirige a la puerta, tras ella ha dejado la fusta que sostiene mientras va a lomos de su caballo. La coge y mira a la mujer, que previendo lo que puede ocurrir empieza a dar señales de nerviosismo. Autoritario, él le ordena que coloque las manos sobre la silla. Por supuesto ella no lo hace y él tiene que conducirla hacia allí. Coge sus manos llevándolas al respaldo mientras le explica que si no se queda quieta el castigo será mayor.
Ella sabe que él no miente, que es capaz de hacerlo. Cierra los ojos, respira fuerte y abre levemente las piernas como él le indica. Su falda vuelve a estar otra vez recogida sobre sus caderas y en silencio, con los ojos aún cerrados, espera lo que sabe que va a ocurrir. Primero oye el sonido de la fusta cortar el aire. Luego, la siente arder sobre sus nalgas. El primer golpe la hace bajar su cuerpo por completo, jamás la habían tratado así. El vuelve a situarla como antes y sigue azotándola, cada vez más excitado al mirarla desde detrás, los blancos muslos y las nalgas rojas.
No la castiga en exceso. Lo comedido y bien administrado del castigo hace que éste no resulte violento. Nunca quiso causarle daño realmente. Cuando termina, la acaricia con suavidad y al ayudarla a incorporarse y darse la vuelta, ve que ella había estado llorando, silenciosa en su orgullo herido de gitana andaluza. Las lágrimas han ido recorriendo su cara morena.
El sargento la ayuda a recomponer su vestido. Ella ya no le mira como antes, su mirada, baja evita los ojos del hombre. Él la desea más que nunca y sintiéndola dócil y tranquila a su lado, la besa, en los rojos labios que tanta pasión derrochan. Ella se deja besar y rompe en un llanto abierto mientras él la posee y ella, se deja amar por el hombre que ha podido controlarla.
Ambos saben, que quizás, este merecido castigo, hayan hecho de Carmen una mujer menos dada a los problemas y reyertas callejeras y que quizás, el final de la historia sea distinto y él así, le haya salvado la vida.
Un cóctel explosivo... azotes, erotismo, sensualidad... un blog para los que viven una sexualidad diferénte... ¿te atreves?




Hylenna dijo
Con este post ya estoy por las nubes de excitacion, que rica escena imaginaste Selene35, yo tambien quisiera ser una de esas gitanas que tu describes y que me domasen con el rebenque. Que rico resulta imaginar esa mujer con las piernas abiertitas mientras le dan con la fusta y el final me ha puesto mucho ¿no tienes más relatos? Saluditos.
23 Septiembre 2006 | 07:31 PM