La otra cara de la luna (III): Primeros juegos de adolescencia.

De pronto, un día me regalaron mi primer sujetador de mujer. Como si de la noche a la mañana, sin previo aviso algo hubiera cambiado y ya no era una niña... era una mujer adulta. Me lo probé frente al espejo y me di cuenta de que efectivamente, algo había ido cambiando en mí progresivamente. Día a día no era fácil de percibir, pero frente al espejo, con aquel primer sujetador realzando mi pecho incipiente, me di cuenta de que efectivamente, ya no era una niña.
Recuerdo aquello días de preadolescencia como días de una gran necesidad de asumir mi recién reconocida sexualidad. Indagaba entre viejos libros que a veces me arrebataban de las manos con cara de que había hecho algo grave e irreparable y que hoy me parecen manualillos de sexualidad de andar por casa, buscando respuestas a mi constante deseo.
Las hormonas hacían su trabajo en mi cuerpo… y en mi mente. En esos días se acentuaron también las primeras fantasías realmente elaboradas sobre el spank. Recuerdo con especial intensidad las tardes en las que todos salían de casa y al quedarme sola aprovechaba para “hacer cosas raras”. Es así como me sentía, como quien hace algo extraño, pues aquellos manualillos hablaban debidamente censurados de besos castos, sexo para procrear dentro del matrimonio y misioneros que no acaban de desarrollar su sexualidad al completo dentro de tan compleja misión.
Pero no de lo que había en mi mente. Ninguna revista escondida bajo el colchón matrimonial, ningún libro, nada hablaba de aquello. Así que al quedarme sola, me dedicaba algunas veces a dar rienda suelta a mis rarezas. Comenzaba siempre frente al espejo, imaginando la presencia de un hombre junto a mí. Ese hombre me reprendía por mi actitud, pues reconozco haber sido siempre excesivamente díscola y rebelde. Por fumar a escondidas, por saltarme las clases, por acortar mis faldas al salir de casa… por todo aquello que me habían prohibido cientos de veces y yo hacía sencillamente porque me daba la gana.
Ese hombre me ponía siempre sobre sus rodillas y para recrear mentalmente mi fantasía, tendía mi cuerpo sobre una silla en la posición que yo imaginaba podría ser tomada para tal menester. Allí me propinaba unos azotes antes de terminar de despojarme de toda mi ropa y completamente desnuda, tendida después sobre la cama, seguir azotándome impasible, sin connotaciones explícitamente sexuales.
No llegué a recurrir al auto-azote, mi mente funcionaba con la suficiente eficiencia como para no necesitar saber lo que se sentía realmente y poder sin embargo construirlo en mis fantasías. Pero adoptar ciertas posturas, coger mis tobillos mientras miraba de reojo al espejo, o la que ya he mencionado sobre la silla, me humedecían ya suficientemente como para no hacer necesario un estímulo más real. Después… recreada mentalmente la escena y alcanzada cierta excitación, bastaban unas caricias para culminar en un orgasmo.
En ese momento, alcanzada esa plenitud emocional me sentía realmente bien, aquel hombre ficticio se marchaba satisfecho de haberme ayudado a comprender todo lo que yo estaba haciendo mal hasta el momento. Está claro que luego yo volvería a las andadas… pero eso no era importante en ese momento.
Sin embargo, lejos de vivir relajadamente mis juegos, alcanzado el orgasmo y vuelta mi respiración a su ritmo natural, me llegaba el sentimiento de culpabilidad. Me decía a mí misma que esa era la última vez, que aquello no volvería a ocurrir, ni siquiera en mi mente y mucho menos llegar a verme desnuda en semejantes posturas. Nunca más… nunca más… y así, lograba reprimir mis instintos durante varias semanas, temerosa casi de encontrar motivos de excitación pues estos me iban a llevar otras vez a hacerlo… y yo no quería.
Ahora, miro atrás en ese espejo y veo cuanta culpa vertida sobre mí, cuanta soledad sintiéndome desplazada en el mundo casto y absurdo que aún pugnaba por ocultar y corregir las conductas que no se consideraban estándar, como los homosexuales, fetichistas… y nosotros. Ahora, miro atrás y me doy cuenta de cuantas chicas se mirarán en el espejo y se prepararán para dar rienda suelta a algo que han comprendido desde que aparece por primera vez en sus mentes… y por eso, me gusta contar todo esto, para que ninguna se sienta sola… sino spankee.
Un cóctel explosivo... azotes, erotismo, sensualidad... un blog para los que viven una sexualidad diferénte... ¿te atreves?




Gandalf dijo
Hola... me temo que muchos nos hemos sentido parecidos, todo lo que hacíamos o sentíamos parecía (todavía lo parece) bastante raro... el sentimiento de culpabilidad adolescente en una sociedad bastante hipócrita en mi opinión y una educación excesivamente moralista hacía que situaciones como las que describes las hayamos vivido casi todos.
Menos mal que gracias a sitios como este y otros estáis contribuyendo a que este mundo ya no sea tabú, y, aunque sigue siendo extraño, al menos hay gente que se atreve a decir lo que piensa y siente sin importar que pensarán los demás.
Enhorabuena, Selene.
10 Enero 2007 | 06:49 PM