Érase una vez...
Autor: Omega.
Érase una vez, hace algo más de un millón de años, un Homo ergaster (nuestro más directo antecesor), que vivía en algún punto de esa región de grandes sabanas que cubren lo que hoy es el territorio de Kenia y Tanzania. Era un macho poderoso, mucho más alto y robusto que cualquiera de sus tres hembras a las que siempre vigilaba de cerca para evitar que le fueran robadas por otro macho o que algún soltero del grupo las inseminara en un descuido. Pero una de esas hembras, llamémosla alfa, era curiosa, inquisitiva y dominante. No se plegaba fácilmente a los deseos de su macho de mantenerla siempre bajo control y gustaba de hacer incursiones lejos del grupo a la búsqueda de comida, de nuevos horizontes y, por qué no, de otros machos, quizá más atractivos que el dueño de su harén. La primera reacción del macho cuando alfa regresaba de una de sus correrías era castigarla. Y los castigos de ese poderoso animal, todavía semihumano, eran terriblemente peligrosos para su integridad física. Pero alfa gustaba de adoptar una actitud sumisa e infantil cuando llegaba a la presencia de su dueño. Se arqueaba a su lado enseñándole sus orondas nalgas, ya sin el pelo que las ocultaba en sus antecesoras australopitecinas, y el macho, instintivamente, le aplicaba unas vigorosas palmadas hasta ponérselas de color rojo chillón, tras lo cual su impulso violento se veía aplacado de manera misteriosa (o no tan misteriosa, porque en muchos primates antecesores de los homínidos existen callosidades isquiáticas de encendido color rojo que son indicadoras del estado estrual de la hembra y actúan como estimulantes de la libido del macho). Además, acto seguido el macho podía recibir una recompensa sexual, lo cual inhibía todavía más su furia.
En el mismo grupo había otro macho igualmente fuerte y dominante, y también con tres hembras. Una de ellas, como alfa, era osada y retadora. Podemos llamarla beta. Hacía frente al macho cuando éste intentaba castigarla tras alguna de sus escapadas lejos de su control. Un día nuestro segundo macho estaba especialmente irritado por una contienda con otro de los machos del grupo. Beta había estado lejos todo el día y ya en el crepúsculo retornó para encontrar la protección del grupo durante la noche. El macho la recibió colérico, se fue hacia ella y la golpeó con fuerza con su puño. Beta cayó al suelo y en lugar de huir o intentar aplacar al macho, le hizo frente con una mueca de amenaza. Aquello, lejos de reprimir la conducta violenta del macho le espoleó aún más. Sin pensarlo dos veces, cogió de su cinto el hacha de piedra que usaba en sus salidas de caza para rematar a presas moribundas y asestó a beta un terrible golpe en el cráneo. Beta cayó desplomada a sus pies. Un pequeño hilo de sangre fluía cerca de su frente, tiñendo la tierra ocre de África. Fue el último golpe que recibió beta. ¿Por qué actuó alfa de manera tan distinta y tan nueva para su especie? Sin duda un nuevo gen había nacido en ella. Ese gen, que la había salvado de morir como su compañera, fue transmitido a sus hijas, a sus nietas, a sus tataranietas, y a través de los siglos y de los milenios llegó hasta nosotros, sus descendientes humanos, el Homo sapiens. El gen de una nueva forma de sumisión ritual se habría camino en nuestra carrera evolutiva y se asentaba como determinante de la conducta femenina. Una conducta que podríamos definir como “inhibición ritualizada de la agresividad”. Esas conductas están muy extendidas en la naturaleza y son muy variadas en su expresión. Tal vez la más conocida para todos es esa actitud, familiar para nosotros, de los perros cuando tumbados panza arriba enseñan el vientre y ofrecen inermes la garganta para aplacar la agresividad de otro macho más fuerte. Estas conductas inhibitorias aparecen ya en las aves y por supuesto en los primates. Los papiones muerden a sus hembras para castigarlas y éstas adoptan también posturas y ademanes sumisos e infantiles para bloquear la agresividad del macho. Pero en nuestros antecesores homínidos la mano fue ganando funcionalidad con relación a la mandíbula, débil y poco armada, y los golpes con la palma fueron sustituyendo al colmillo. ¿Nació así la azotaina? Si fue así, la hembra ergaster habría conseguido una extraordinaria herramienta para contrarrestar, con un mal menor (su culo ardiendo durante un rato), la tiranía del macho. La hembra ergaster, y tal vez después la mujer sapiens, era ahora capaz de aplacar la violencia extrema del macho, podía manipularle, y lo que es mejor, obtenía placer en recibir esos azotes, tras lo cual venía la reconciliación y a veces el sexo. Podemos explicar así por qué, las mujeres dominantes tienden a mostrar más inclinación a desear ser castigadas cuando se reencuentran con su hombre en la intimidad de su casa. Como tu Coronela, dominante pero encandilada por una buena azotaina (ahí están los genes de alfa). Sin duda, para ellas, para las dominantes, esta actitud sería más útil que para las auténticas sumisas y obedientes, que no necesitarían manipular al macho porque no se habrían hecho acreedoras de su castigo. Podría alguien preguntarse, ¿por qué entonces estas conductas no están más extendidas en nuestra especie en el momento actual? Es indudable que la evolución cultural ha distorsionado y ha enmascarado muchos comportamientos humanos con una evidente base adaptativa en nuestros orígenes como especie. En unos casos para bien, ya que hemos desterrado comportamientos terriblemente crueles, que ahora sólo los concebimos entre los que llamamos animales –por oposición a los que “no lo somos”-. Pero en otros casos, la supresión cultural de ciertas pautas ancestrales, consideradas por nuestra moral actual como reprobables, están provocando graves problemas, aún cuando casi nunca somos capaces de ver, o sencillamente no queremos ver su origen en el “mono” que todavía somos. Y si no, mira lo que está pasando con la muerte de mujeres a manos de sus parejas. En las culturas más antiguas que todavía perviven, y hay que mirar otra vez a África, la mujer puede parecer, cuando miramos desde fuera, desde los principios morales de las sociedades que llamamos civilizadas, sometida al hombre. Y sin embargo en África se dan los índices más altos de promiscuidad entre las mujeres y su prestigio social dentro de sus comunidades es tal vez mayor que en los países del primer mundo, donde, pese a lo que se ha avanzado, la mujer sufre una violencia de género que sigue in crescendo. Puede parecer paradójico que los índices más altos de mortalidad femenina por sus parejas se den en países como Noruega, o que en España ese índice haya aumentado vertiginosamente en los últimos veinte años. Pero para mi no hay tal paradoja. La violencia se dispara porque el hombre, el macho ergaster, que todavía mantiene su impronta en nuestro genoma, no es capaz de mantener bajo control a la mujer trabajadora, independiente y autosuficiente que ha surgido como arquetipo de estos últimos tiempos. Sé que mucha gente no está de acuerdo con este punto de vista, y acepto la crítica, pero tengo el convencimiento de que deberíamos potenciar el uso de nuestras estrategias rituales de inhibición, con que la naturaleza sabiamente nos dotó hace muchos milenios. No defiendo en absoluto la violencia, ni de género ni de ningún tipo. 


Sólo digo que los juegos sexuales entre el hombre y la mujer, mutuamente consentidos y establecidos los límites oportunos, podrían reducir enormemente esa guerra de sexos que estamos provocando por el nuevo papel que la mujer ha asumido en nuestras sociedades modernas.
Un cóctel explosivo... azotes, erotismo, sensualidad... un blog para los que viven una sexualidad diferénte... ¿te atreves?






Gandalf dijo
Hola;
Es cierto que hay una muy imporante base biológica y psicológica en esto. Como tú sabes, antes, incluso en la tele era normal ver a un hombre castigando a una mujer, en los comics aparece, incluso en el arte romano y en grabados... eso quiere decir que siempre ha estado presente...
Yo ya había leído algo parecido, es cierto que los animales como signo de buena voluntad y de paz presentan su cuello, que es la parte más vulnerable, es cierto que las nalgas atraen a todo el mundo porque son signo de fecundidad... (caderas anchasse ha considerado como signo de mujer sana y fértil que pude proporcionar muchos hijos para el mantenimiento de la especie) y está en nuestra base biológica y también es cierto que ese tono rojizo estimula (por eso se dice que es el color de la pasión)
No tengo tan claro que exista un gen específico, es cierto que hay una muy importante base biológica y que esta ligada, íntimamente ligada, a la genética pero se ha desarrollado ya en genoma humano y nadie ha dicho que haya un gen spanko..
Tambien es cierto que creo que hay un muy importante componente cultural y antropologico y sociológico, pero por mi parte no concibo la violencia como medio de nada, no creo que el macho por el hecho de ser más fuerte deba "educar" a la hembra, eso lo hacían los homo ergaster pero la sociedad evoluciona y para bien.. siempre he pensado que las mujeres en general (y estoy haciendo una cosa que no me gusta, que es generalizar) son más inteligentes que los hombres, mas sensibles y muy capaces por tanto creo que pueden tomar sus decisiones y serán en muchas ocasiones más acertadas y adecuadas.
Pero la violencia de genero creo que no se acaba porque fomentemos o propiciemos sesiones de spank, en el artículo no se habla de los hombres a los que nos puede atraer recibir azotes por ejemplo...y obviamente hay una sumisión una entrega un abandono y que sea otro quien me cuide... eso es cómodo y muy necesario a veces.
Yo solo veo el spank como un juego sexual; más completo si, más psicológico, puesto que hay un componente muy fuerte de entrega y sumisión que no se da en una relación normal, y eso es una de los componentes que lo hace atractivo, más incluso que el físico. Tiene, además, una base biológica, pero yo no consigo verlo como un medio de corregir comportamientos sobre todo porque yo no puedo considerarme juez de nadie y no tengo derecho a pretender qu la gente actúe segun mis cánones, para corregir algo hay instrumentos sociales, esta el derecho, la ley y las instituciones, pero en el ámbito privado considero imprescindible la libertad absoluta de elección, ahora, si en ese marco ambos aceptan determinadas reglas de juego si se considera que es necesaria una corrección si se siente deseo por unas nalgas... entonces..
Tambien hay un componente quimico, hormonal, el cerebro libera endorfinas, dopamina, que son los elementos que producen placer, por eso nos gusta, por eso el sexo que esta en nuestra base biológica y genética nos atrae a todos.
Quizá no haya que buscar demasiadas explicaciones, simplemente aceptar que nos gusta y tratar de disfrutarlo cada uno a su manera y en la medida de sus posibilidades.
Gracias Selene por publicar este magnífico artículo y gracias al autor por exponer de una forma tan elaborada, fundada y razonada como esta una posible explicación para esas preguntas que todos los que nos sentimos atraídos por este aspecto de la vida nos hemos hecho tantas veces.
Un saludo a todos.
31 Marzo 2007 | 12:00 PM